¿Cómo superar el fracaso?

En una sociedad como la nuestra, que estimula la competitividad como “modus vivendi” y llena de halagos y admiración a los ganadores y exitosos (sin grandes miramientos al precio que han pagado por serlo), está fatal visto ser un perdedor.

En realidad, ser “un fracasado” es un estigma, y uno de los peores calificativos e insultos que sentimos que podemos atribuir a una persona. Tan mal está visto que ni la familia, ni la escuela, ni la sociedad, ni mucho menos los medios de comunicación nos han educado para asumir las derrotas y digerir los fracasos sin traumas que afecten gravemente a nuestro bienestar personal. Ese rechazo social del fracaso va configurando en nosotros un fuerte mecanismo defensivo, una dificultad a reconocer los fallos o a tenerlos y una vivencia negativa de nuestras limitaciones o percepciones de no tener las habilidades suficientes.

El fracaso es considerado una falta de éxito, o la obtención de un resultado adverso/contrario (no logramos lo que nos hemos propuesto) o no proporcional a las expectativas generadas. Se vive con mucha carga negativa, y suele ser uno de los mayores enemigos para nuestra autoestima y percepción de competencia (en todos los ámbitos, a nivel laboral, de estudios, deportivos, de pareja…). Es así que se desarrolla el miedo al fracaso (no podemos permitirnos este “lujo” que es cometer un error) y se configura como uno de los factores que más condicionan nuestro comportamiento y perjudica nuestro bienestar emocional. Nos pone alerta ante las demandas y habilidades necesarias, y a la vez, nos va minando nuestra confianza en nuestras competencias. Es una emoción intensa, vital, dolorosa pero en ocasiones beneficiosa para el desarrollo personal, ya que se sufre pero se aprenden muchas cosas si la experiencia se afronta con determinación y voluntad de superación y no como desbordamiento de nuestras capacidades, pero muchas veces no es tan fácil aceptarlo con naturalidad.

Lo más dañino para nuestra autoestima no es el hecho del fracaso en sí, sino el sentimiento de fracaso que nos genera, esta percepción subjetiva y esta emoción personal que surge al juzgarnos como “Fracasados/as”. Es imposible que siempre salga todo como nosotros queremos, ¡qué maravilloso sería todo!, de modo que serán muchas las ocasiones en las que fracasemos, ¿Significa esto que debemos tirar la toalla y dedicarnos a otra cosa?.

El «síndrome del fracasado/a» es la sensación permanente de haber fallado, de no haber logrado nada, de no tener posibilidades nunca más de hacerlo bien. Esto afecta al pasado, al presente y que permanecerá en el futuro. Puede ser tanto por motivos reales como imaginarios, pero el resultado es siempre que el sujeto se siente insatisfecho consigo mismo y con su vida. Una reacción casi esperada es sumirse en la frustración, la renuncia y el abandono. Ésta vivencia desalentadora nos convierte en un ser inoperante, sumido en la tristeza e incapaz de superarse a sí mismo que pierde la iniciativa, la capacidad de lucha, y la resistencia a las eventualidades. “Si hubiese hecho esto…, si hubiese dicho aquello…, si me hubiese comportado de otra manera o hubiera optado por la otra opción”… Echamos la vista atrás y nos culpabilizamos por acciones de nuestro pasado, creyendo que no seremos capaz de afrontar un presente con éxito

¿Cómo podemos evitar esta dinámica?

1. No anticipemos los fracasos: No podemos saber con exactitud lo que va a ocurrir, como quien tira una moneda al aire, puede salir tanto éxito como fracaso en nuestro proyecto personal. Pero es seguro que si a la hora de desempeñar la tarea nos repetimos “ algo va a salir mal”, “seguro que sale mal”, “no sé por qué me meto en esto porque no va a salir bien”, “no seré capaz” “voy a fracasar” la actitud hacia el fracaso se verá potenciada por esta anticipación de que no lo vas a conseguir. Cambiándolo por otros mensajes como “voy a intentar hacerlo como me he propuesto”, “ya veremos cómo sale” o “si no sale bien, ya me ocuparé después” el sentimiento podría llevarnos a una emocionalidad más adecuada para afrontar la tarea.

2. Vive en el presente. El miedo al fracaso es una proyección futura de una sobre-preocupación y una dependencia de lo que sucedió en el pasado. Si estás atrapado en este tipo de pensamiento, estás viviendo la vida de acuerdo a lo que podría pasar, que no nos garantiza que sea lo que inevitablemente vaya a pasar. El autor Leo Babauta sugiere que la respuesta aquí es simplemente hacerlo ahora, en el momento transpórtate al momento y enfócate en lo que estás haciendo ahora. Quedándote en el presente, te mantienes enfocado en el potencial de ahora y permites que tu creatividad, intelecto e innovación florezcan. Los fracasos del pasado son lecciones fundamentales para entender mejor el presente y tener un sentido de vivir ahora mejorado y el futuro es creado a través de tu compromiso con el presente en lugar de con tu presente siendo guiado por tu miedo a las posibles pérdidas de mañana.

3. No nos etiquetemos como fracasado ni generalicemos: Es muy importante ser capaces de ver la diferencia entre fracasar en algo concreto y ser un fracasado, no es lo mismo la identidad completa de fracasado que fracasar en un hecho puntual que puede corregirse. Todos fallamos alguna vez, así que ¿todos somos unos fracasados? Está claro que esto no es así, no te definas por un fracaso ni permitas que otros lo hagan por unos cuantos retos sin superar. A lo largo de nuestra vida iremos obteniendo éxitos y fracasos, a veces no en proporciones equilibradas de un 50% de cada. No es posible que todo salga bien ni que todo salga mal. Así que pensar en lo extremo de que “siempre TODO nos sale mal” hace mucho daño a nuestro sentimiento negativo de sentirnos y definirnos como fracasados. Aprendamos a aceptar lo conseguido en la vida como un logro, no todo han sido fracasos.

4. El sentimiento de “fracasado/a” es subjetivo: para lo que muchas personas son fracasos para otros son oportunidades, experiencias, nuevas puertas que se abren, formas de aprender para la siguiente prueba… de modo que no te dejes engañar. Cuando a raíz de un “fracaso” conseguimos algo positivo ¿podemos considerarlo fracaso? La vida es cambio, y muchos de esos cambios se deben a situaciones que no han salido como nosotros queríamos. Como decía Einstein, las crisis mueven al cambio.

5. Valoremos los fracasos después de un tiempo: La perspectiva temporal es muy importante para poder evaluar las circunstancias y disponer de más información, es normal que al principio sea algo negativo, nos sintamos derrotados o avergonzados por nuestro error, pero una vez pasado el jarro de agua fría inicial es momento de evaluar las implicaciones de este fracaso, y ver qué oportunidades nos ofrece para buscar unas soluciones alternativas que nos garanticen una mejor ejecución de nuestro objetivo. Los buenos jugadores de póquer saben que hasta con malas cartas se puede ganar. De modo que no evalúes la situación antes de tiempo y ten paciencia.

6. Controlemos nuestro perfeccionismo y nuestras exigencias: Para esforzarnos muchas veces tenemos que presionarnos, obligarnos a tirar para adelante como pequeños capitanes del ejército de nuestras exigencias. Pero a veces este capitán se vuelve dictador, y nos convertimos en nuestro peor enemigo, sobre exigiéndonos, poniéndonos altos estándares de calidad que nos llevan a pensar que si no es perfecto lo que hacemos, no somos dignos de ser humanos. Cuando actuamos bajo mucha presión (exterior o autoimpuesta) es más fácil cometer errores, y esta actitud tirana no nos deja ningún espacio a la posibilidad de fracasar (que va a ocurrir se quiera o no en algún momento). Al no lograr nuestras altas expectativas y exigencias la etiqueta de “fracasado” se vuelve un gran cartel luminoso, que pesa mucho a nuestras espaldas.

7. Los fracasos son parte de la vida: No es agradable fracasar, pero es preferible aceptarlos que evitarlos a toda costa, forma parte del juego del vivir y gracias a los fracasos podemos idear nuevas formas de jugar. Si aceptamos que se nos está permitido no conseguir un objetivo de vez en cuando, podemos hacer las paces con nosotros mismos.

8. Intentemos buscar algo positivo de la experiencia: Cuesta lo mismo quedarnos con lo positivo que con lo negativo, aunque siempre sea más fácil juzgarnos a mal. Vale la pena buscar el lado bueno, el aprendizaje de lo que nos acaba de ocurrir, puede ser algo que hayamos pasado por alto, alguien interesante que hayamos conocido en el proceso, algo que podamos mejorar y cómo podremos disfrutar más la próxima vez.

9. No nos infravaloremos: los seres humanos somos capaces de afrontar situaciones mil veces más graves que fracasar. Confía en que eres lo suficientemente fuerte para soportar ciertas dosis de frustración que genera no conseguir lo que uno quiere, y utiliza esta confianza para exponerte a situaciones y objetivos que deseas lograr, con más fuerza y entusiasmo.

10. Los objetivos más importantes son los que generan mayores temores al fracaso: El temor al fracaso va a surgir allí donde queremos triunfar, allí donde algo nos importa mucho, allí donde la implicación emocional del resultado sea muy importante. Esto es lógico, de modo que no lo utilicemos como excusa para no intentarlo. Evitar el fracaso también evita que te ganes la resistencia que necesitas para lidiar con ello. Transformemos el miedo que nos empuja hacia atrás en motivación para realizar lo que necesitemos y poder obtener total o cierto éxito. El miedo es este enemigo que se disfraza de amigo con la excusa de protegernos, es capaz de hacer que no disfrutes en el momento, que evites vivir, que lo pases mal, que quieras huir, pero no dejes que decida por ti. No dejes que el miedo al fracaso te impida perseguir tus objetivos solo porque haya posibilidades de que salga mal, la vida es continuo ensayo y error.

Reivindiquemos el derecho a fallar, a equivocarnos, como un derecho básico. El fracaso es un elemento más de la vida. Integrémoslo como algo natural, inherente al ser humano. Es mejor que cure pronto la herida, para volver a estar bien cuanto antes.

Combatir el fracaso o intentar quitarnos la etiqueta de “fracasado/a” puede generar una grave autocrítica hacia nuestra forma de ser, sobre-exigencias, mayores frustraciones, una sensación de que nuestro “yo real” no encaja con el ideal esperado, este malestar general se puede atacar desde otra óptica, desde la perspectiva de que somos humanos (aunque queramos ser dioses exitosos) y como tal, el error es algo totalmente permitido.

 

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