La despatologización de la psicología clínica

En vísperas del nuevo lanzamiento actualizado del Manual Diagnóstico y Estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría de los Trastornos Mentales (DSM-V) se incluirá una nueva categoría de trastorno de síntoma somático, que puede generar diagnósticos inadecuados de trastorno mental y con ello la toma de decisión médica inadecuada.

Para que este sea diagnosticado, el paciente solo necesita informar al médico de un solo síntoma físico que encuentre penoso o perjudicial para la vida diaria durante al menos seis meses (esto es un conocimiento subjetivo y difícil de medir, ya que todo el mundo padecerá esto de manera más o menos fácil), por lo que millones de personas podrían padecer ‘trastorno de síntoma somático‘, necesitando ansiolíticos, somníferos y creando una etiqueta que pueda generar estigma social ante el “tiene un trastorno”, tomando un camino menos correcto para la solución definitiva y  más pragmática de lo que ocurre.

Allen Frances, presidente del grupo de trabajo de la versión anterior del DSM explicó al British Medical Journal (BMJ) que en los anteriores criterios del DSM “siempre han incluido recordatorios a los médicos para que descarten otras explicaciones antes de concluir que cualquier trastorno mental está presente”, pero sus sugerencias a los grupos de trabajo para el DSM-V de que recordatorios similares se incluyeran en esta ocasión fueron rechazadas. Por tanto, ¿directamente vamos al diganóstico? ¿No sopesamos nada más?

Y yo me planteo la siguiente pregunta ¿Es necesario tantas etiquetas?, está claro que siempre se necesita una guía orientativa que te indique más o menos qué camino seguir (o con qué síntomas/manifestaciones podrías encontrarte) pero, de eso a convertirlo en la “Biblia” de la psicología me parece extremadamente excesivo y peligroso, porque cada uno es cada uno, y no seguimos patrones conductuales fijos e inmutables, porque no somos robots.

Pongamos en situación para entender este impacto de etiqueta:

Quién no ha escuchado a las vecinas o señoras del parque cotilleando acerca de que “El hijo de Juana tiene un TRASTORNO” y el revuelo porque está enfermo mental y que pobrecito, si parecía tan NORMAL (Aunque después, el pobrecito hijo de Juana solo está pasando por un bulling en el colegio que le genera frustración en casa y descarga con problemas de conducta agresiva por toda esa frustración que lleva dentro). Esto es lo que genera una etiqueta, una clasificación de lo que eres en A, B y C que socialmente está visto como algo que hay que curar, erradicar, peligroso o objeto de lástima, pero no se tiene por qué llegar tan lejos, verlo simplemente como una persona que ha crecido optando por unas determinadas formas de actuación en base a un entorno y contexto concreto, en otras palabras, que ha crecido en su mundo con sus opciones y ha tenido que manejarse con ello. Esto no tiene que ser patológico, o enfermizo, sino parte de la individualidad del ser humano, donde la finalidad pienso no es borrar por completo esa forma de ser, sino conseguir que evolucione, mejore, y sea capaz de desarrollar recursos propios más positivos para enfrentarse a los problemas.

Imagínense que este “caos” o “pánico” entrara cuando alguien fuera al doctor de cabecera y le dijera “tiene usted GRIPE”, no es tan trágico ¿no? ¿Por qué entonces con los problemas de la salud mental está tan mal visto? Tenemos la concepción de que una enfermedad física viene involuntariamente y dependemos totalmente de un médico profesional para erradicarla y controlarla. En el ámbito psicológico primero asumimos toda responsabilidad de que “nuestra cabeza no esté bien amueblada” cuando realmente el no saber responder a los estímulos adecuadamente (porque no conocemos o no tenemos recursos para ello) no significa un fracaso personal ni pérdida de control de “ti mismo”, simplemente el no estar bien orientado hacia el mejor camino. Después nos viene la concepción de enfermedad, igual que el modelo médico-biológico, donde la entidad natural de nuestro problema es de base biológica (en el cerebro nos pasa algo) dejándonos llevar por esa cultura de la “pastillita milagrosa” más fácil de manejar, fármacos que regulan nuestra cantidad de neurotransmisores en el cerebro y con ello nos “solucionan” de forma más o menos inmediata los problemas del momento, y remarco del momento porque no es una solución definitiva, se atenúan los síntomas de forma que ya no molestan en la vida diaria (si, es cómodo, un lapsus donde escondes lo que sientes y por qué sientes), pero ¿y lo que originó todo el malestar inicial?. Un problema mental tiene una entidad construida, es decir,  depende de la situación histórica-cultural de la persona que lo sufre, no es inmutable, sino variable, construido e influenciable, y por ello es útil la psicoterapia.

En lo referente a la medicación, muchos tenemos la creencia de que es la solución definitiva y con eso todo irá mejor, pero, si una persona sufre de un infarto es tratado médicamente como procede, a pesar de todo esto si no mejora los hábitos alimenticios o de vida, esta persona no va a salir de ese bucle de enfermedad nunca. Igual con los problemas mentales, la pastilla únicamente no es la solución (y a veces ni siquiera el principio de ésta), se necesita trabajar con cosas mucho más humanas, situar el problema en el contexto de la vida y las circunstancias que lo rodean.

Para una ampliación de esta información, recomiendo el libro “La invención de trastornos mentales: ¿Escuchando al fármaco o al paciente?. Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez. Madrid, Alianza, 2007”. Donde dos investigadores y profesores universitarios, expertos en psicofarmacología y psicología clínica ponen de manifiesto que considerar los trastornos mentales como enfermedades es una falacia, proponiendo una visión más abierta de tipo contextual, donde se escucha más a las personas en vez de a los fármacos.

Podemos referirnos al artículo de Ernesto López Méndez y Migules Costa Cabanillas donde proponen la despatologización de la psicología clínica en su libro “Manual de Consejo Psicológico. Una visión despatologizada de la Psicología Clínica. López y Costa, 2012”. El objetivo no es patologizar los problemas psicológicos, poner una etiqueta, un nombre con un determinado número de síntomas, sino comprender la naturaleza, génesis y significado como meras experiencias de naturaleza transaccional

Los comportamientos anormales no son diferentes teniendo en cuenta el desarrollo y mantenimiento de otros comportamientos en la historia biográfica, pero el modelo patológico afirma que determinados comportamientos de pronto pierden su significado autónomo y pasan a ser interpretados como síntomas o signos de enfermedades mentales, lo que vienen a intervenir erradicando dichos comportamientos y no investigando acerca de la raíz de cómo se formó este comportamiento (repercutiendo en cómo se formarán otros en un futuro a raíz de esa base existente)

Como intervención solutiva proponen no establecer diagnóstico, sino comprender las transacciones entre la persona y el contexto analizando las funciones y significados que tienen y que desencadenan o sustentan el problema. Es por tanto un análisis funcional de la conducta que hará que mediante relación paciente-terapeuta se comparta el poder y ambos se encamine hacia valores y objetivos que influyan en elecciones, decisiones y acciones de la vida del afectado, desarrollando sus capacidades de afrontamiento y recursos, factores protectores tanto personales como disponibles en el contexto, algo totalmente distinto a una pastilla.

Por tanto, salimos al paso de esta perversión psicopatológica, emancipándonos de la vieja doctrina que dictamina que algunas personas, por el hecho de experimentar un problema vital, están enfermas, y necesitan ser curadas, siendo sus experiencias vitales indicios, síntomas y signos de una enfermedad.

Si entendemos los delirios, por ejemplo, como una expresión de un problema psicológico subyacente, al margen de la enfermedad a la que desde hace unos años se han asociado, se abre la posibilidad de darles una respuesta más humana además de obvia. Quizá esta obviedad  no resultara sugerente para las compañías farmacéuticas (pero de esto ya hablaremos)

Por tanto, hay que andarse con pies de plomo a la hora de “etiquetar y archivar” a las personas, existen mejores soluciones y procedimientos más humanizados satisfactorios que no recurrirán al estigma de la enfermedad mental

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