Hace un año escribí esta entrada en la página Fobiosocialízate, un dispositivo grupal diseñado para realizar terapia en grupo para personas con ansiedad social. En aquel entonces el conflicto fue uno de los temas estrellas de un grupo, hoy en día vuelve a ocurrir que re-aparece el tema, por lo que me ha parecido interesante rescatar este recurso! (con alguna modificación :) )

La palabra conflicto enseguida nos suele traer a la mente situaciones tensas, emociones negativas, incomodidad etc. Y es que hasta la RAE define el conflicto como:

1. m. Combate, lucha, pelea.
2. m. Enfrentamiento armado.
3. m. Apuro, situación desgraciada y de difícil salida.
4. m. Problema, cuestión, materia de discusión.

Por ello, no es de extrañar que el conflicto nos suponga algo que queremos evitar, algo calificado como negativo, que nos gaste energía, que nos reactive nuestras heridas y saque a flote todas nuestras inseguridades y ansiedad por miedo a discutir, al rechazo, a bloquearnos o incluso a poder hacer el ridículo.

Gestionar los conflictos es necesario, es una forma de reivindicar nuestro derecho a ser, a sentir, a opinar y a la vez, es una forma de entendernos con las otras personas. Comunicar algo que me ha sentado mal de mi compañerx, un mal comentario que me ha dolido, una forma de hacer que no considero adecuada, etc. podrían ser ejemplo de estos conflictos que son necesarios de gestionar para un buen funcionamiento de la relación.

El no afrontarlos y evitarlos no va a hacer que desaparezcan, sino por el contrario puede llevar a que se intensifiquen (o por lo menos, tu malestar se irá intensificando) y la situación con la persona en cuestión puede complicarse más, ya que se va aguantando, acumulando, y desgastando cada vez más, produciendo que la relación sea aún más tensa y pueda generar incluso más conflictos!

Los conflictos provocan fuertes emociones de las que hay que hacerse cargo, así como sentimientos de decepción y malestar. Cuando un conflicto se maneja de manera poco saludable puede causar resentimientos, enfados y rupturas irreparables. Sin embargo, cuando los conflictos se manejan de forma saludable aumenta la comprensión y la confianza y se fortalecen los lazos de relación.

Para poder gestionar los conflictos de una forma en la que el resultado sea positivo para todas las personas implicadas, habría que tener varias cosas en cuenta:

¿Qué estoy sintiendo con este conflicto?.

Antes de explicitar el conflicto con la persona en cuestión, sería interesante hacer un ejercicio de reflexión acerca de qué es lo que me está molestando o doliendo de lo que ha ocurrido y con qué experiencia pasada estoy conectando. ¿Puede ser que estas palabras que me dijeron me recuerde al rechazo que viví con otra persona? Para enfrentarse de forma adecuada a un conflicto es fundamental conocer los propios sentimientos y emociones para conocer las propias necesidades.

El estilo de comunicación.

Presentar un conflicto da nervios, y esto puede hacer que la forma en la que lo digamos sea un poco más agresiva de lo que pretendamos (¡la adrenalina nos corre por el cuerpo!). La diferencia entre una buena comunicación y una mala comunicación es determinante en el resultado del conflicto. Aunque tengamos nervios o ansiedad podemos utilizar palabras que lleven a una explicitación con vistas a una resolución y no un lenguaje que nos ponga en pie de guerra y a discutir por discutir. Aunque también sería ideal vigilar con el fenómeno del “tone policing”.

La escucha activa de la otra persona.

 Hay tantas versiones de una historia como personas que la vivieron. Para evitar discutir, mantener la calma y solucionar el conflicto hay que ponerse también en los zapatos de la otra persona. Escucha qué tiene que decir la otra persona ante tu malestar, si dices lo que tienes que decir y escuchas lo que tiene que decir el otro es más fácil solucionar o aclarar el motivo del conflicto. Si el otro pierde la calma e intenta discutir, no puede haber tampoco buena comunicación, es cosa de 2 que el conflicto llegue a buen puerto. Cuando escuchamos nos conectamos más a nuestras propias necesidades y emociones, así como con las de otras personas. Escuchar también nos fortalece y nos informa de lo que pasa, y hace que sea más fácil que otros nos escuchen.

La prioridad es la resolución del conflicto, y no ver quién tiene razón.

No se trata de ganar o perder en la discusión, de quedar mejor o peor, sino de mantener la relación, aclarar lo sucedido y seguir adelante. Para eso es fundamental ser respetuoso con la otra persona y con su punto de vista a la vez que exponemos el nuestro. Para gestionar un conflicto hay que apostar por el win-win.

Sin rencores.

La actitud de la persona que presenta el conflicto se reflejará en la que recibe este conflicto, si se hace desde el rencor, la rabia, y la necesidad de defendernos puede ser que la otra persona reaccione en estos mismos términos. Si te mantienes ancladx en resentimientos del pasado tu capacidad para ver la realidad actual se verá afectada. Si quieres seguir adelante tendrás que centrarte en el momento (aquí y ahora) y resolver el problema actual. La dificultad vendrá cuando lleguemos a un punto de “burnout” o síndrome del quemado, en donde sería conveniente volver a empezar por el paso 1.

Disposición a perdonar y soltar el conflicto.

Es imposible resolver el conflicto si no estás dispuesto a soltar o eres incapaz de hacerlo. En este caso nos quedaríamos ancladxs en el enfado y el resentimiento y se estropearía el vínculo, ocurriendo los miedos que teníamos al principio. Tampoco hay que perder de vista las ocasiones en donde la mejor relación posible puede pasar por no tener relación, debido a grandes diferencias o no remar en la misma dirección.

A veces se necesita tiempo, paciencia y cariño.

Cuando estamos con una herida, con una decepción, con un gran desacuerdo en formas, muchas veces nos podemos encontrar en una ceguera por el secuestro emocional. La urgencia nos puede llevar a querer resolver las cosas ya, de inmediato para que deje de estar, pero muchas veces puede ser que lo importante es dejar tiempo para que las aguas se calmen y pueda ampliarse la perspectiva de la situación.

En realidad, gestionar un conflicto no se hace con simple teoría, se necesita práctica y aprendizaje, poco a poco ir poniéndonos en nuestro lugar, comprendiendo qué nos está ocurriendo y en qué dinámicas, y sobretodo creernos con la capacidad y la valía de expresar qué nos ha provocado un conflicto con la persona. Con la capacidad de saber comunicarte y saber escuchar, reconocer tus propias emociones (conciencia emocional) y prestar atención a la versión de la otra persona, ciertas habilidades de negociación, respeto por las diferencias y autocontrol (de la ira, el estrés y el malestar provocado) podríamos evitar una ruptura, rechazo o una pérdida del vínculo, fortaleciendo en su lugar la relación con estas personas que empieza a basarse en la sinceridad de nuestras emociones.

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